La Sagrada Familia: Una apuesta perdida.

Las obras de la Sagrada Familia en 1928.
Tras la muerte de Gaudí.

A finales de los años 70, siendo estudiante de arquitectura, apoyé sin dudarlo que se continuara la construcción de la Sagrada Familia tras la muerte de Gaudí. Cincuenta años después, con la obra prácticamente terminada, toca hacer balance de aquella apuesta. Y toca reconocer que la perdí.

    
    Debía ser a finales de los años 70, yo estaba en los primeros cursos de la carrera de arquitectura y en los ámbitos profesionales, como revistas de arquitectura o conferencias, se debatía sobre la idoneidad o no de continuar con las obras de construcción de la Sagrada Familia de Antonio Gaudí, un debate que, como es lógico, también llegó a las aulas. No es que recuerde mucho de aquello, pero sí que la fascinación por ver acabada la que podría considerarse obra cumbre de Gaudí era muy fuerte. Diría que yo sucumbí a ella y me posicioné del lado de los que apoyaban seguir adelante con las obras. Obvio es decir que esta fue la opción por la que se optó, así es que hoy, 50 años después, con las obras, al menos en lo esencial, terminadas, es el momento adecuado para recuperar en la medida de lo posible aquel debate y determinar si se optó por la decisión correcta. Ya les adelanto que, en mi opinión, no.

  Como breve ilustración es conveniente saber que cuando murió Gaudí, en 1926, apenas estaban acabados la cripta, el ábside y la fachada del Nacimiento parcialmente, ya que solo se culminó una de las cuatro torres —el arquitecto solo llegó a ver coronada la torre de san Bernabé— en total un 10% de la obra. Por si esto fuera poco, el 20 de julio de 1936, anarquistas de la FAI incendiaron la cripta, donde se ubicaba el taller en el que Gaudí había trabajado, quedando en su mayor parte destruido, incluyendo bocetos, maquetas y modelos, que trataron de recuperarse a partir de los restos en una operación casi forense.

Foto de serv_us_ en Unplash.

  También conviene aclarar en este punto que la construcción de edificios en aquellos tiempos no tenía mucho que ver con los procesos actuales. Ahora, antes de obtener la licencia para iniciar las obras, hay que elaborar una exhaustiva información, tanto gráfica como literaria y técnica, en la que el proyecto a ejecutar quede definido hasta en el último detalle y obtener el visto bueno de las administraciones correspondientes. Entonces bastaba con presentar unos simples bocetos y más aún en el caso de Gaudí, que no trabajaba sobre planos sino a pie de obra sobre maquetas o incluso sobre los propios elementos de obra ya ejecutados. Como simple ilustración de esta forma de trabajar de Gaudí, se cuenta que un día Gaudí fue al taller del ceramista Lluís Brú, y al ver cómo colocaba los azulejos con excesivo cuidado, se impacientó, cogió un azulejo, lo rompió allí mismo y exclamó: "¡Se tienen que colocar a puñados, o no acabaremos nunca!". Acababa de inventar el trencadís, el revestimiento con trozos de azulejo que tanto utilizó en sus obras.

     Lo que quiero decir con todo esto es que, a la hora de tomar la decisión de si seguir adelante o no con el proyecto, no solo había que valorar que la documentación de la que disponían era mínima, sino hasta qué punto la indescifrable mentalidad de Gaudí, que lo convertía en un creador singular difícil de clasificar y su forma de trabajar y de crear sobre la marcha, a pie de obra, hacía que su presencia fuera imprescindible para culminar una obra a la que se pudiera aplicar su sello. La voluntad de pensarla y construirla como él lo hubiera hecho, que manifestaron los que se comprometieron a continuarla es encomiable, pero también imposible.

    Esta circunstancia que, como veremos, hoy resulta evidente a la luz de los resultados alcanzados, no debería ser difícil de intuir a priori, y de hecho muchas de las voces autorizadas que se posicionaron en contra de seguir adelante con el proyecto, esgrimieron argumentos en este sentido.

    Oriol Bohigas, uno de los arquitectos catalanes más influyentes del siglo XX: sostuvo que «continuar la obra era un error de fondo». Bohigas la calificó de «pobre imitación de Gaudí» y llegó a decir que «terminarla convertirá a Barcelona en la ciudad "más reaccionaria" de Europa en términos arquitectónicos». Su socio David Mackay fue igual de tajante: «Es dudoso que se pueda continuar el trabajo después de tanto tiempo y seguir llamándolo “el edificio de Gaudí”; en el mejor de los casos será una interpretación o una versión a tamaño real de la maqueta».

    El 9 de enero de 1965, el diario catalán La Vanguardia publicó una carta firmada por un círculo internacional de artistas, arquitectos e intelectuales entre ellos Le Corbusier, Alvar Aalto, Joan Miró y Antoni Tàpies, —la lista es larga e incluye al escultor Josep María Subirachs, que posteriormente acabaría colaborando en la construcción de la basílica: «La pela es la pela», que dirían por allí— pidiendo que detuvieran la construcción del edificio. La carta consideraba que «continuar trabajando en el proyecto de Gaudí era una degradación de la visión original del arquitecto». Lamentaban la idea de que una persona continuara la obra inacabada de un artista después de su muerte.

    Y ¿Qué es lo que yo veo en el resultado final que me lleva a concluir que todos los citados estaban en lo cierto?

Foto de urimeron en Unplash
Una observación, no necesariamente atenta del exterior desvela un excesivo esquematismo tanto de los volúmenes como de la piel que se hace dolorosamente evidente en comparación con la fachada del Nacimiento, la que el propio autor construyó.

    Pero donde este hecho se manifiesta de forma más evidente es el interior de la basílica. Los revestimientos, como el propio trencadís, que ideara Gaudí y con los que proporcionaba textura y color a los elementos, son una característica fundamental de la obra de Gaudí hasta el punto de que, en algunos momentos, parece convertirse en obsesión, en una especie de horror vacui. Los diseñadores de la nueva Sagrada Familia, no sé si por economía o incapacidad, utilizan como recurso la luz coloreada por las vidrieras para que actúe como pigmento al incidir sobre todas esas superficies grises. Me parece un recurso muy pobre.

    Por otro lado, Gaudí tenía un conocimiento y un dominio extraordinario sobre el sistema estructural y su cálculo, lo que utilizaba con una particularidad diferencial, la estructura y su funcionamiento nunca aparecía como evidente: El baldaquino que Gaudí diseñó para la catedral de Mallorca es la materialización del diagrama de fuerzas de Fuller con el que se calcula. Las columnas inclinadas de Parque Güell, son inclinadas porque prolongan la dirección en la que están actuando las cargas para trabajar de manera más eficiente. Pero esos detalles solo los puede apreciar un ojo técnico y no siempre.


Foto de gurkan-sen en Unplash
    En el interior de la Sagrada Familia, tanto las paredes como las columnas aparecen sin revestimientos, desnudas, son lisas y todo ello pintado en un gris neutro y uniforme para todo el interior. Es casi minimalista, es decir, todo lo opuesto a Gaudí. Los elementos estructurales: la ramificación de las columnas y su extensión en nervios para sustentar las bóvedas, sin revestimiento, sin carne, es puro esqueleto, no se oculta ni camufla bajo otro concepto como Gaudí solía hacer, recurriendo en muchos casos a lo vegetal, a lo orgánico, para disimular o desvanecer su mero carácter de elemento estructural y cualquiera puede entender la diferencia entre un esqueleto y el cuerpo real.

    Yo no puedo, por lo tanto, considerar la Sagrada Familia como una obra de Gaudí. Creo que todos lo entenderán perfectamente si establecemos un paralelismo entre Gaudí y Dalí. Otro artista único, e inclasificable. ¿Alguien se atrevería a terminar un cuadro de Dalí del que el propio artista solo hubiera pintado un 10%? ¿Consideraríamos el resultado final una obra de Dalí?

    
   

    En fin, creo que no hacen falta muchos argumentos para avalar la conclusión de que La Sagrada Familia no puede considerarse una obra de Gaudí y todos ellos han sido expuestos de forma más clara de lo que yo pueda hacerlo por figuras relevantes tanto de la arquitectura como de otras artes.

    Pero si la Sagrada familia no es una obra de Gaudí, que es la etiqueta con la que se vende, entonces ¿Qué es? ¿Tiene algún interés por sí misma desprovista de la inherente genialidad de las obras de Gaudí?

Foto de alex-um8 en Unplash

    Algo que suele destacarse de la basílica son las magníficas vidrieras, la luz filtrada por ellas a la nave, la gracilidad de las impresionantes columnas, las asombrosas dimensiones… Pero todo eso ya lo habíamos admirado en el gótico, con el que la construcción de catedrales alcanzó su máximo de esplendor. Y nos sigue asombrando hoy día, sí, pero ese asombro incluye el matiz de que se pudieran concebir y construir edificios de esas características en aquellos tiempos, sin los medios y técnicas actuales. Eso mismo, hecho hoy, pierde una parte importante de su mérito y de su interés. Igual que admiramos Las Meninas, pero a ningún pintor se le ocurre insistir en ese tipo de pintura.

    La arquitectura, a diferencia de otras artes como la música, la pintura o la escultura, incorpora la función; un edificio se construye para satisfacer una necesidad material y es el propio edificio, en su interior, el que alberga los usos que dan respuesta a esa necesidad. La forma en que el edificio resuelve esos requerimientos es uno de los factores de peso, si no el principal, en la valoración de un edificio. 

    Una catedral, y en concreto una catedral gótica, que es modelo conceptual del que parte La Sagrada familia, está concebida para congregar a los fieles y celebrar cultos. En dichas celebraciones, se incluye también la intención de impresionar a los fieles, de hacerles sentir la grandeza y el temor de Dios. El templo es la casa de Dios, por lo tanto, es parte del cielo y así debe quedar reflejado. Esa era la idea generadora con la que se proyectaba y construía. No resultaba excesivamente difícil conseguirlo en aquellos tiempos en que los fieles no tenían acceso a este tipo de espacios y sus vidas transcurrían en espacios pequeños, oscuros e insalubres. Era fácil, por lo tanto, conseguir que, al entrar en una catedral, se sintieran transportados a otro mundo.

    Cualquiera puede entender que hoy eso ya no es así, y no solo porque los ciudadanos accedan habitualmente a espacios civiles de ese mismo calibre y no sean tan impresionables, sino porque la propia religión ya no se plantea en base a esos conceptos. Los templos se conciben hoy como espacios de recogimiento espiritual, de paz, de aislamiento del mundo exterior, de encuentro amigable con el Dios que nos habita. Grandiosos y solemnes, si es el caso, pero sin estridencias, más acogedores que agresivos o intimidatorios.

    Ahí tenemos, como muestras de arquitectura religiosa actual la Catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles, de Rafael Moneo en Los Ángeles, del año 2002, o la Iglesia de la Luz, del japonés Tadao Ando en Ibaraki, de 1989. Nada tienen que ver ninguna de ellas con el concepto empleado en el gótico.

Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles. Rafael Moneo. Foto: Wikimedia Commons 

   

Iglesia de la Luz en Ibaraki de Tadao Ando. Foto: Hiromitsu Morimoto.

    Lo que sí parece haber conseguido La Sagrada Familia de forma sobrada es atraer turistas. Para lograrlo se utiliza la indiscutible genialidad de Gaudí al objeto de inocular en la conciencia popular, en el alma poco crítica y sumisa de los seguidores del criterio oficial, los prejuicios necesarios (positivos, en este caso, pero prejuicios, al fin y al cabo) para que acudan en peregrinación a visitarla —previo paso por caja, claro está, la pela sigue siendo la pela— previamente dispuestos a asombrarse ante tanta genialidad tal y como le recomiendan las guías más prestigiosas.

    No parece que la Iglesia haga ascos a este nuevo tipo de fieles, más bien todo lo contrario, pues se ha apresurado a concederle a La Sagrada Familia todo tipo de bendiciones, incluida la beatificación del propio Gaudí, colaborando así activamente en esa generación de prejuicios.

    Conclusiones.

    Probablemente el primer error o, para ponernos en contexto, el pecado original en todo este asunto, fue encargarle a un arquitecto tan singular como Gaudí una obra que se sabía de antemano que no iba a poder terminar y que, debido a su particular forma de crear y de trabajar, no iba a dejar instrucciones lo suficientemente precisas para acabarlo de forma fiel a sus ideas y criterios, simplemente por el hecho de que dichas ideas no habían nacido aún.

    Me dirán que eso ocurrió con todas las catedrales, cuyo proceso de construcción abarca un tiempo que se mide en siglos. Sí, es cierto, pero esas otras catedrales se construyen con un lenguaje: románico, gótico, barroco, conocido y compartido por los arquitectos, artistas y artesanos de la época, con variaciones sutiles de uno a otro, por supuesto, pero nada parecido al caso de Gaudí. Su lenguaje era único, personal e intransferible. ¿Cuántas catedrales góticas existen hoy? Muchas. Todas ellas guardan cierta similitud, responden a un mismo lenguaje, comparten elementos y soluciones arquitectónicas; por eso mismo se las agrupa como pertenecientes a un mismo estilo. La arquitectura de Gaudí puede considerarse que forma parte del Modernismo, del Art Nouveau, pero un edificio de Gaudí es reconocible inmediatamente.

    En cuanto al debate posterior sobre si se debería o no continuar con las obras una vez desaparecido quien la estaba creando, y creo que este tiempo verbal es importante, era un debate absolutamente previsible, iba a tener lugar en cualquier caso aun sin el desgraciado accidente de Gaudí, solo era cuestión de tiempo. Los posicionamientos, por lo tanto, deberían estar más que construidos.

    Para mí, que llegaba de nuevas a la situación, probablemente la juventud, y en gran medida el desconocimiento que en aquel momento tenía de lo que es realmente la producción arquitectónica, me llevaron a hacer oídos sordos a los argumentos de los que se pronunciaban en contra, a apostar por una utopía, siempre está bien apostar por una utopía aunque, por definición, sea irrealizable, pero solo si el camino es infinito, no cuando el camino es limitado y los resultados van a ser palpables.

    Diría que hoy no necesitaría ver las obras terminadas para concluir que mi posicionamiento de entonces fue el erróneo. Me consolaré pensando que algo he aprendido desde entonces hasta hoy.

    Y en cuanto al edificio en sí, si no podemos atribuírselo a Gaudí, si no aporta nada nuevo en el plano artístico y tampoco se ajusta a los requerimientos funcionales que se demandan a un templo actualmente, solo nos queda su condición de arquitectura espectáculo. Pero una arquitectura espectáculo que se vende con unas etiquetas, como la genialidad de Gaudí, que no se sostienen porque no es un edificio de Gaudí.

    ¿Cómo acabará la historia? Toca de nuevo apostar.


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