La Sagrada Familia: Una apuesta perdida.
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| Las obras de la Sagrada Familia en 1928. Tras la muerte de Gaudí. |
A finales de los años 70, siendo estudiante de arquitectura, apoyé sin dudarlo que se continuara la construcción de la Sagrada Familia tras la muerte de Gaudí. Cincuenta años después, con la obra prácticamente terminada, toca hacer balance de aquella apuesta. Y toca reconocer que la perdí.
Como breve ilustración es conveniente saber que cuando murió Gaudí, en 1926, apenas estaban acabados la cripta, el ábside y la fachada del Nacimiento parcialmente, ya que solo se culminó una de las cuatro torres —el arquitecto solo llegó a ver coronada la torre de san Bernabé— en total un 10% de la obra. Por si esto fuera poco, el 20 de julio de 1936, anarquistas de la FAI incendiaron la cripta, donde se ubicaba el taller en el que Gaudí había trabajado, quedando en su mayor parte destruido, incluyendo bocetos, maquetas y modelos, que trataron de recuperarse a partir de los restos en una operación casi forense.
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| Foto de serv_us_ en Unplash. |
También conviene aclarar en este punto que la construcción de edificios en aquellos tiempos no tenía mucho que ver con los procesos actuales. Ahora, antes de obtener la licencia para iniciar las obras, hay que elaborar una exhaustiva información, tanto gráfica como literaria y técnica, en la que el proyecto a ejecutar quede definido hasta en el último detalle y obtener el visto bueno de las administraciones correspondientes. Entonces bastaba con presentar unos simples bocetos y más aún en el caso de Gaudí, que no trabajaba sobre planos sino a pie de obra sobre maquetas o incluso sobre los propios elementos de obra ya ejecutados. Como simple ilustración de esta forma de trabajar de Gaudí, se cuenta que un día Gaudí fue al taller del ceramista Lluís Brú, y al ver cómo colocaba los azulejos con excesivo cuidado, se impacientó, cogió un azulejo, lo rompió allí mismo y exclamó: "¡Se tienen que colocar a puñados, o no acabaremos nunca!". Acababa de inventar el trencadís, el revestimiento con trozos de azulejo que tanto utilizó en sus obras.
Lo que quiero decir con todo esto es que, a la hora de tomar la decisión de si seguir adelante o no con el proyecto, no solo había que valorar que la documentación de la que disponían era mínima, sino hasta qué punto la indescifrable mentalidad de Gaudí, que lo convertía en un creador singular difícil de clasificar y su forma de trabajar y de crear sobre la marcha, a pie de obra, hacía que su presencia fuera imprescindible para culminar una obra a la que se pudiera aplicar su sello. La voluntad de pensarla y construirla como él lo hubiera hecho, que manifestaron los que se comprometieron a continuarla es encomiable, pero también imposible.
Esta circunstancia que, como veremos, hoy resulta evidente a la luz de los resultados alcanzados, no debería ser difícil de intuir a priori, y de hecho muchas de las voces autorizadas que se posicionaron en contra de seguir adelante con el proyecto, esgrimieron argumentos en este sentido.
Oriol
Bohigas,
uno de los arquitectos catalanes más influyentes del siglo XX: sostuvo que «continuar la obra era un error de fondo». Bohigas la calificó de «pobre imitación de Gaudí» y llegó a decir que «terminarla convertirá a
Barcelona en la ciudad "más reaccionaria" de Europa en términos
arquitectónicos». Su socio David Mackay
fue igual de tajante: «Es dudoso que se pueda
continuar el trabajo después de tanto tiempo y seguir llamándolo “el edificio
de Gaudí”; en el mejor de los casos será una interpretación o una versión a
tamaño real de la maqueta».
El
9 de enero de 1965, el diario catalán La Vanguardia publicó una carta firmada por un
círculo internacional de artistas, arquitectos e intelectuales entre ellos Le
Corbusier, Alvar Aalto, Joan Miró y Antoni Tàpies, —la lista es larga e incluye al escultor Josep María
Subirachs, que posteriormente acabaría colaborando en la construcción de la
basílica: «La pela es la pela», que dirían por allí— pidiendo que detuvieran la
construcción del edificio. La carta consideraba que «continuar trabajando en el proyecto de Gaudí era una
degradación de la visión original del arquitecto». Lamentaban la idea de que
una persona continuara la obra inacabada de un artista después de su muerte.
Y ¿Qué
es lo que yo veo en el resultado final que me lleva a concluir que todos los citados
estaban en lo cierto?
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| Foto de urimeron en Unplash |
Pero
donde este hecho se manifiesta de forma más evidente es el interior de la
basílica. Los revestimientos, como el propio trencadís, que ideara Gaudí
y con los que proporcionaba textura y color a los elementos, son una
característica fundamental de la obra de Gaudí hasta el punto de que, en
algunos momentos, parece convertirse en obsesión, en una especie de horror
vacui. Los diseñadores de la nueva Sagrada Familia, no sé si por economía o
incapacidad, utilizan como recurso la luz coloreada por las vidrieras para que
actúe como pigmento al incidir sobre todas esas superficies grises. Me parece
un recurso muy pobre.
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| Foto de gurkan-sen en Unplash |
En
fin, creo que no hacen falta muchos argumentos para avalar la conclusión de que
La Sagrada Familia no puede considerarse una obra de Gaudí y todos ellos han
sido expuestos de forma más clara de lo que yo pueda hacerlo por figuras
relevantes tanto de la arquitectura como de otras artes.
Pero si la Sagrada familia no es una obra de Gaudí, que es la etiqueta con la que se vende, entonces ¿Qué es? ¿Tiene algún interés por sí misma desprovista de la inherente genialidad de las obras de Gaudí?
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| Foto de alex-um8 en Unplash |
Algo
que suele destacarse de la basílica son las magníficas vidrieras, la luz
filtrada por ellas a la nave, la gracilidad de las impresionantes columnas, las
asombrosas dimensiones… Pero todo eso ya lo habíamos admirado en el gótico, con el
que la construcción de catedrales alcanzó su máximo de esplendor. Y nos sigue
asombrando hoy día, sí, pero ese asombro incluye el matiz de que se pudieran
concebir y construir edificios de esas características en aquellos tiempos, sin
los medios y técnicas actuales. Eso mismo, hecho hoy, pierde una parte
importante de su mérito y de su interés. Igual que admiramos Las Meninas,
pero a ningún pintor se le ocurre insistir en ese tipo de pintura.
La arquitectura, a diferencia de otras artes como la música, la
pintura o la escultura, incorpora la función; un edificio se construye para
satisfacer una necesidad material y es el propio edificio, en su interior, el
que alberga los usos que dan respuesta a esa necesidad. La forma en que el
edificio resuelve esos requerimientos es uno de los factores de peso, si no el
principal, en la valoración de un edificio.
Una
catedral, y en concreto una catedral gótica, que es modelo conceptual del que
parte La Sagrada familia, está concebida para congregar a los fieles y celebrar
cultos. En dichas celebraciones, se incluye también la intención de impresionar
a los fieles, de hacerles sentir la grandeza y el temor de Dios. El templo es
la casa de Dios, por lo tanto, es parte del cielo y así debe quedar reflejado. Esa
era la idea generadora con la que se proyectaba y construía. No resultaba
excesivamente difícil conseguirlo en aquellos tiempos en que los fieles no
tenían acceso a este tipo de espacios y sus vidas transcurrían en espacios
pequeños, oscuros e insalubres. Era fácil, por lo tanto, conseguir que, al
entrar en una catedral, se sintieran transportados a otro mundo.
Cualquiera
puede entender que hoy eso ya no es así, y no solo porque los ciudadanos
accedan habitualmente a espacios civiles de ese mismo calibre y no sean tan
impresionables, sino porque la propia religión ya no se plantea en base a esos
conceptos. Los templos se conciben hoy como espacios de recogimiento
espiritual, de paz, de aislamiento del mundo exterior, de encuentro amigable
con el Dios que nos habita. Grandiosos y solemnes, si es el caso, pero sin
estridencias, más acogedores que agresivos o intimidatorios.
Ahí tenemos, como muestras de arquitectura religiosa actual la Catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles, de Rafael Moneo en Los Ángeles, del año 2002, o la Iglesia de la Luz, del japonés Tadao Ando en Ibaraki, de 1989. Nada tienen que ver ninguna de ellas con el concepto empleado en el gótico.
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| Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles. Rafael Moneo. Foto: Wikimedia Commons |
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| Iglesia de la Luz en Ibaraki de Tadao Ando. Foto: Hiromitsu Morimoto. |
Lo que sí parece haber conseguido La Sagrada Familia de forma sobrada es atraer turistas. Para lograrlo se utiliza la indiscutible genialidad de Gaudí al objeto de inocular en la conciencia popular, en el alma poco crítica y sumisa de los seguidores del criterio oficial, los prejuicios necesarios (positivos, en este caso, pero prejuicios, al fin y al cabo) para que acudan en peregrinación a visitarla —previo paso por caja, claro está, la pela sigue siendo la pela— previamente dispuestos a asombrarse ante tanta genialidad tal y como le recomiendan las guías más prestigiosas.
No
parece que la Iglesia haga ascos a este nuevo tipo de fieles, más bien todo lo
contrario, pues se ha apresurado a concederle a La Sagrada Familia todo tipo de
bendiciones, incluida la beatificación del propio Gaudí, colaborando así
activamente en esa generación de prejuicios.
Conclusiones.
Probablemente
el primer error o, para ponernos en contexto, el pecado original en todo este
asunto, fue encargarle a un arquitecto tan singular como Gaudí una obra que se
sabía de antemano que no iba a poder terminar y que, debido a su particular
forma de crear y de trabajar, no iba a dejar instrucciones lo suficientemente
precisas para acabarlo de forma fiel a sus ideas y criterios, simplemente por
el hecho de que dichas ideas no habían nacido aún.
Me dirán que eso ocurrió con todas las catedrales, cuyo
proceso de construcción abarca un tiempo que se mide en siglos. Sí, es cierto,
pero esas otras catedrales se construyen con un lenguaje: románico, gótico,
barroco, conocido y compartido por los arquitectos, artistas y artesanos de la
época, con variaciones sutiles de uno a otro, por supuesto, pero nada parecido
al caso de Gaudí. Su lenguaje era único, personal e intransferible. ¿Cuántas
catedrales góticas existen hoy? Muchas. Todas ellas guardan cierta similitud,
responden a un mismo lenguaje, comparten elementos y soluciones
arquitectónicas; por eso mismo se las agrupa como pertenecientes a un mismo
estilo. La arquitectura de Gaudí puede considerarse que forma parte del Modernismo,
del Art Nouveau, pero un edificio de Gaudí es reconocible
inmediatamente.
En
cuanto al debate posterior sobre si se debería o no continuar con las obras una
vez desaparecido quien la estaba creando, y creo que este tiempo verbal es
importante, era un debate absolutamente previsible, iba a tener lugar en
cualquier caso aun sin el desgraciado accidente de Gaudí, solo era cuestión de
tiempo. Los posicionamientos, por lo tanto, deberían estar más que construidos.
Para
mí, que llegaba de nuevas a la situación, probablemente la juventud, y en gran
medida el desconocimiento que en aquel momento tenía de lo que es realmente la
producción arquitectónica, me llevaron a hacer oídos sordos a los argumentos de
los que se pronunciaban en contra, a apostar por una utopía, siempre está bien
apostar por una utopía aunque, por definición, sea irrealizable, pero solo si
el camino es infinito, no cuando el camino es limitado y los resultados van a
ser palpables.
Diría
que hoy no necesitaría ver las obras terminadas para concluir que mi
posicionamiento de entonces fue el erróneo. Me consolaré pensando que algo he
aprendido desde entonces hasta hoy.
Y
en cuanto al edificio en sí, si no podemos atribuírselo a Gaudí, si no aporta
nada nuevo en el plano artístico y tampoco se ajusta a los requerimientos
funcionales que se demandan a un templo actualmente, solo nos queda su
condición de arquitectura espectáculo. Pero una arquitectura espectáculo que se
vende con unas etiquetas, como la genialidad de Gaudí, que no se sostienen
porque no es un edificio de Gaudí.
¿Cómo
acabará la historia? Toca de nuevo apostar.
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