La primera vez

 Podemos llegar a conocer profundamente a una persona, pero descubrirla, solo una vez.



I


    Se conocieron en una fiesta, simplemente hubo una cierta atracción y ambos se estuvieron observando en la distancia, conscientes cada uno de que el otro lo miraba. Se fijaban en los gestos, en la sonrisa, en la forma de relacionarse, hasta que uno de ellos decidió dar el paso, acercarse al otro y hablarle.

    Ambos, de forma inconsciente, adoptaron la actitud que surgía de ellos cuando tratan con desconocidos: cierta reserva para evitar temas conflictivos en la conversación, mostrarse amable, educado, comprensivo. Como la atracción mutua que habían experimentado en la distancia no se desvanecía sino que, al contrario, aumentaba, apareció esa versión más específica de cuando se pretende agradar o incluso seducir al otro: gestos, poses, miradas, algún leve contacto físico que tratan de transmitir cercanía, complicidad y disponibilidad.

    Como todo había ido muy bien y en ambos se había despertado un, no del todo secreto, interés por conocer mejor al otro, decidieron quedar otro día para prolongar aquella experiencia tan agradable.

    Y así fue, quedaron una tarde para pasear, tomar un café y seguir conociéndose mejor. Ambos deseaban que aquella pequeña historia progresara, siguieron siendo prudentes en sus opiniones, afables en el trato y mostrando cierta admiración por las inquietudes y la forma de entender la vida del otro, dando a entender, sutilmente, que estaría dispuestos a compartir eso, o incluso que ya lo compartían.

    Siguieron varias citas, cada vez más frecuentes y más íntimas y aunque no en todo coincidían al cien por cien, eso es imposible, el tono general era bueno y hasta agradable. En aquello que no coincidían se imponía el respeto y se eludía el conflicto abierto. Ninguno quería estropear aquello que parecía ir tan bien.

    Después de un tiempo, decidieron dar un paso más y vivir juntos.


 


II



    La experiencia no era del todo novedosa. Muchas veces pasaban la noche juntos o los fines de semana en casa de uno de ellos, incluso se habían ido juntos de vacaciones durante algunas semanas, es decir, consideraban que habían pasado y superado ya la prueba de una convivencia más intensa.

    No obstante, vivir juntos todos los días, resultó ser algo más complejo de lo que esperaban.

  La primera prueba de ello la tuvieron cuando uno de ellos descubrió que el otro participaba activamente en un foro en internet sobre literatura. No se lo había dicho, no porque tuviera algo que ocultar, sino porque necesitaba cierta porción de intimidad que, para que lo fuera, no quería compartir con nadie, solo era un pequeño mundo que prefería que fuese solo suyo.

    En otra ocasión uno de ellos aceptó, sin contar con el otro, pasar un fin de semana con un grupo de viejos amigos a los que no veía hace mucho tiempo. Simplemente, ante la inesperada propuesta, dijo sí porque le apetecía mucho.

    En ambos casos, el otro se sintió excluido, marginado, ignorado. Sintió que algo se derrumbaba. Aunque consiguieron hablarlo, dejar claro que no era nada de eso, que solo eran cosas normales que pasaban. Establecieron algunas normas de comportamiento y cada uno se impuso la necesidad de aceptarlo.

     Definitivamente ya no era como aquella primera noche. Ahora se conocían, ya ninguno se reservaba nada, por lo que todo era como más crudo. Pero, a la vez, también cada uno veía los sentimientos y las intenciones del otro en pequeños detalles que, para cualquiera ajeno a ellos, no tendrían ningún significado.


 


III



    Ambos, de una forma u otra, eran conscientes de todo esto, de que ya no eran los mismos que se conocieron en aquella fiesta, y lo aceptaban, porque para muchas cosas era mejor: que uno supiera inmediatamente lo que el otro quería y con ello tuviera la capacidad para proporcionárselo, era algo definitivamente bueno. Todo seguía yendo bien y, en términos generales, se consideraban una pareja feliz.

    Pese a ello, en algunos momentos puntuales, la nostalgia les invadía y echaban de menos al que conocieron aquella noche, hace tanto tiempo.

    Una noche los invitaron a una fiesta. Como una pareja asentada que eran no permanecieron juntos, sino que deambularon por la fiesta participando cada uno en distintos corrillos. Solo era una pequeña concesión a una libertad controlada.

    Entonces uno de ellos vio al otro a cierta distancia. Hablaba con un desconocido. Se quedó observando, más que nada por curiosidad, y de pronto le invadió una sensación extraña: la persona que estaba viendo, su pareja, era la misma que había conocido aquella lejana noche en que la vio por primera vez. Volvió a ver sus gestos encantadores, su actitud, su sonrisa; era ella sin duda.

    Lo que sentía oscilaba entre la alegría por comprobar que no había cambiado, que no era otra, que aquella persona de la que se enamoró y ahora era su pareja seguía estando ahí, y los celos, porque esa versión que tanto le gustaba de ella, aquella que solo existía la primera vez, ya no le era ni le podía ser accesible.


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