Música elemental
En la media tarde de los fines de semana me gusta saborear la voz de la locutora de BBC Radio3, que acaricia mis oídos con la misma suavidad con la que mis nuevos auriculares Philips SHP9500 acarician mis parietales; tal como a Camarón le gustaba saborear un cante por soleá en una voz quebrá y serena al laíto de una candela.
No entiendo nada de lo que dice puesto que no sé inglés y,
tal vez por eso, desentendido del significado de sus palabras, los sonidos de su
voz son música para mí: su pronunciación, a veces entrecortada en mínimas
explosiones, como hipos; otras veces, palabras alargadas con entonaciones y
variaciones de tono que enfatizan y llenan de calidez femenina lo que sea
que esté diciendo. De pronto, un prolongado ¡woooow! largo como un silbido y suave
como un suspiro, subraya con asombro infinito algo que le está explicando la
persona con la que conversa.
Nunca he sabido leer poesía, pero siempre me ha producido placer oírla. No en las voces engoladas y orgullosas de su sonoridad —como algunas piezas de música electrónica que ahora también me gusta escuchar— sino en las expresivas, en esas que enfatizan el discurso para dotarlo del sentimiento que lo completa. Como lo es el habla y la voz de esa locutora por los que me dejo envolver.
Y es que despojar a las palabras de su contenido semántico acaba por ser un proceso de destilación mediante el cual el habla se reduce a sonidos y
entonación, a la pura emoción de lo que se pretende expresar. Y pienso que esa
abstracción quizá sea la forma más primitiva de música; y tal vez también la
forma más primitiva de comunicación.
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