Mi viejo Kindle 4

 




Cambiar la batería de mi viejo Kindle me devolvió a la lectura… y también a un panorama literario que ha cambiado.


La batería de mi Kindle de 4ª generación (2014) apenas me daba para un par de días de lectura y, aunque compré una batería en Aliexpress y tenía guardados algunos tutoriales de Youtube sobre cómo cambiarla, no acababa de atreverme a hacerlo, por lo que durante bastante tiempo dejé de leer.

En diciembre pasado me decidí a cambiar la batería que, pese a haberla recibido y tenerla almacenada durante más de 3 años, fue menos difícil de lo que esperaba y mi Kindle 4, aunque algo viejito, ahora funciona perfectamente.

Me encantan sus botones físicos para el cambio de página que hoy todos los modelos de Kindle han eliminado para sustituirlos por una pantalla táctil, un cambio que responde a puras cuestiones económicas: es más barato resolver esa función mediante software que añadiendo conectores mecánicos. También su funda de cuero negro, hoy tampoco disponible en Amazon  ̶ahora son de tela, probablemente para evitar polémicas con el bienestar animal.

Por todo ello y a pesar de un cierto deterioro por pérdida de nitidez en la parte inferior de la pantalla que me supone una incomodidad llevadera, con la batería aguantando hasta un mes, me resisto a sucumbir a la imposición de lo táctil y cambiarlo por uno de última generación.

La cuestión es que, tras tanto tiempo de retiro de la lectura, estaba un poco desconectado del panorama literario actual; no sabía qué libros leer. Ansioso como estaba por recuperar mi afición y poner a prueba la nueva batería de mi Kindle, decidí que, estando en diciembre, era una buena idea mirar las listas de mejores libros del año que, por esas fechas, publican casi todos los medios. Consulté una cuantas, y observé que, en todas ellas, la mayoría de los libros reseñados estaban escritos por mujeres. Dichoso feminismo, pensé, pues no, no quiero leer libros de mujeres. Anoté aquellos escritos por hombres que aparecían en más de una lista, también de alguna mujer si, además de repetirse, ocupaba un puesto destacado, y me los descargué.

¿Y por qué no quiero leer libros de mujeres? Pues bien, aunque en mi biblioteca, ya enteramente digital, y seguro que también en mi amplia biblioteca en papel que perdí   ̶ es conocido el dicho inglés según el cual tres mudanzas equivalen a un incendio y durante un corto periodo de tiempo pasé por más de tres mudanzas; es un dolor que aún no he superado̶  la inmensa mayoría son libros escritos por hombres. Aun así, lo cierto es que yo nunca había hecho diferenciación entre unos y otros, si leía algún libro por una recomendación de cualquier tipo, no reparaba lo más mínimo en si el autor era hombre o mujer, sin embargo ahora, sumidos como estamos en esta ola de feminismo agresivo que lo contamina todo, sí lo hago.

Lo hago en primer lugar porque tanto insisten las nuevas feministas en que el mundo femenino es muy distinto del masculino, curiosa paradoja cuando afirman perseguir la igualdad, que ya me lo creo un poco y, siendo así, decido, puesto que soy hombre, que me interesa más el mundo, la forma de interpretarlo y la forma de vivirlo de los hombres. Y, en segundo lugar, y más importante, porque en esta situación social de sensibilidad feminista, las editoriales, atendiendo sin duda a la demanda del mercado, optan por publicar a mujeres, de manera que priman esa condición por encima de la calidad del texto.

En este sentido, leí recientemente la crítica de una novela de un nuevo escritor joven en la que se hacía referencia a esa práctica de las empresas editoriales y las dificultades que encontraba hoy un nuevo escritor, hombre, para que su manuscrito fuera siquiera tenido en consideración, concluyendo que, en el caso de este autor, el mero hecho de haber sido publicado resultaba indicativo de que se trataba de un libro excepcional. Es muy probable, por lo tanto, que leyendo a una nueva escritora me encuentre con un texto sin interés, publicado con la única intención de satisfacer la voracidad del mercado por las mujeres escritoras. Justo lo contrario que pasará con un nuevo escritor que ha de haber escrito un gran texto si ha superado todos esos filtros.

Estoy dispuesto a aceptar que este proceso social de igualación de los papeles de hombres y mujeres es necesario porque así lo requieren los tiempos actuales, pero no es menos cierto que todos los movimientos sociales acaban degenerando y no encuentran su punto de equilibrio sino después de dar varios bandazos de extremo a extremo. Pienso que, en este caso, el siguiente bandazo será que el mercado acabará harto de encontrar demasiada mediocridad en los libros escritos por mujeres, los libros escritos por hombres pasarán a copar la demanda. Y así sucesivamente hasta que, finalmente, todo se estabilice y alcancemos una situación en la que se volverá a valorar la calidad del texto por encima del género del autor. Así, ̶¿solo así o podría elegirse una forma de transición menos agresiva que, al menos, evitara esta desagradable polarización y enfrentamiento entre hombres y mujeres?̶ finalmente el panorama literario no estará acaparado, como tal vez antes lo estaba por hombres, por ninguno de los géneros y lo pueblen tanto hombres como mujeres, no necesariamente al 50%.

La cuestión es cuánto durará este proceso y cuánto en volver a instalarse el sentido común. Yo ya tengo una edad. Cuando era joven, cuando mi vida estaba comenzando y toda estaba por delante, cuando el final de trayecto no se sentía tan presente como lo siento ahora, esa cuestión no me importaba, pero ahora sí. Ahora me molestan este tipo de procesos por ese alejamiento del sentido común que provocan y porque temo que, tal vez, la vuelta a la normalidad ocurra demasiado tarde para mí.

Sabemos que los jóvenes quieren cambiar el mundo para hacerlo a su medida, y que los mayores queremos tranquilidad, que no cambie el mundo, ya está a nuestra medida. Tal vez eso lo explique todo.

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