Las energías renovables y la alteración del paisaje.

Paisaje con aerogeneradores. ¿una belleza por asimilar?
¿Agresión al paisaje o belleza por asimilar?

 ¿Es el paisaje un cuadro inalterable o un organismo vivo en constante evolución? Como arquitecto, a menudo me pregunto por qué aceptamos con orgullo las intervenciones humanas del pasado —como los molinos manchegos o las catedrales— mientras rechazamos con vehemencia los aerogeneradores de hoy. En esta entrada reflexiono sobre la 'estética de la necesidad', la memoria del paisaje y por qué lo que hoy llamamos monstruosidad técnica podría ser el monumento admirado del mañana. Un viaje personal desde las calles de Sevilla y Salamanca hasta los nuevos gigantes de nuestro horizonte.


Mucha gente, desde una postura ecologista no necesariamente militante, rechaza vivamente la alteración del paisaje natural que supone la instalación de estaciones de energías renovables como parques eólicos o granjas de placas solares.

Estoy seguro de que quienes ejercen la política desde el ecologismo manejan motivos más complejos de los que voy a abordar aquí: alteración de ecosistemas, intereses económicos, especulación, etc. Yo me sitúo en otro lugar. Abordo esta cuestión desde y para personas no comprometidas políticamente, personas que, como yo mismo, sienten esa alteración como una pérdida o como la degradación de algo que perciben tan propio como la naturaleza.

Desde esa perspectiva, creo que ese rechazo es comprensible, pero también que conviene ser analizado con cierta profundidad para entender su motivación última. Tal vez así, mirándolo desde otro ángulo, cambie nuestra percepción y no nos resulte tan doloroso.

La estética, un falso problema

¿Se debe ese rechazo a una mera cuestión estética? ¿Son tan horribles las colinas coronadas por aerogeneradores o las grandes extensiones cubiertas de placas solares? No lo creo. Si el problema fuera puramente estético, sería difícil explicar un rechazo tan extendido, porque hay pocos ámbitos en los que el consenso sea más improbable que en el de los gustos.

En mi caso particular, quizá por mi formación técnica como arquitecto, encuentro un valor estético en los objetos diseñados desde la función: hay una belleza intrínseca en la honestidad de aquello que cumple su propósito. Entiendo perfectamente que esta percepción no sea compartida por todos, pero precisamente por eso creo que la estética no explica por sí sola un rechazo tan generalizado.

No rechazamos estas instalaciones por ser feas o antinaturales, sino por lo que tienen de novedoso, por la forma en que alteran nuestra memoria del paisaje y porque nos obligan a reformular nuestro concepto de lo que consideramos bello. La buena noticia es que asimilarlas, aceptarlas e incluso llegar a apreciarlas es, casi siempre, una cuestión de tiempo.

El tiempo como mediador

La especie humana, desde que se bajó de los árboles y empezó a habitar el suelo, no ha dejado de transformar el paisaje natural. La creación de un asentamiento es una alteración del entorno tan profunda o más como la que hoy introduce un parque eólico, y sin embargo nos extasiamos ante la vista de pueblos encaramados en laderas montañosas.

Ni siquiera nos planteamos que el pueblo sea una alteración del paisaje.

La aparición de los molinos de viento en el paisaje manchego debió de suponer un impacto enorme para un campesino del siglo XVI que vio surgir, de pronto, aquellas torres blancas de aspas gigantes en lo alto de los cerros. Hoy son una de nuestras señas de identidad. Aquellos molinos que Don Quijote confundía con monstruos eran tecnología punta en su época, del mismo modo que hoy lo son los aerogeneradores. Su planta circular no es caprichosa: responde a la necesidad de girar todo el mecanismo para orientar las aspas en la dirección más favorable del viento.

Tecnología punta del siglo XVI: aerogeneradores de piedra que hoy son nuestra seña de identidad.

Los viñedos de La Rioja, los campos de Castilla o los olivares de Jaén son, en realidad, alteraciones profundas del ecosistema original. Gran parte de lo que hoy llamamos “naturaleza” en España es el resultado de siglos de intervención humana. Por no hablar, ya fuera de España, de esos paisajes de montes escalonados en bancales para cultivar arroz en China. En todos estos casos, ante su contemplación, lo que nos viene a la mente no es un rechazo por la destrucción medioambiental que han supuesto esas intervenciones, muy al contrario, admiramos en ellos la laboriosidad y el ingenio humano.

Bancales para el cultivo de arroz en China.  Foto de Rubina Ajdary en Unsplash


Puedo ir incluso más lejos. En la zona en la que vivo, la empresa Berkeley Minera España pretendía abrir una explotación de uranio a cielo abierto. Me oponía a ese proyecto por dos motivos: la destrucción de una cantidad considerable de hectáreas de dehesa y su conversión posterior en un almacén de residuos nucleares cuyo mantenimiento recaería, durante los miles de años que permanecen activos, en las administraciones públicas. El segundo motivo sigue pesando con la misma fuerza, pero en cuanto al primero me asalta la duda cuando pienso en Las Médulas, en León: otro ejemplo de minería salvaje, una gran herida en el territorio que hoy constituye un paisaje singular, admirado y protegido.

Cuando la herida se vuelve arte: Las Médulas, minería romana que hoy protegemos como patrimonio.

El paisaje urbano como espejo

Como arquitecto, no puedo dejar de señalar que este rechazo a la alteración del paisaje natural tiene una clara analogía en el paisaje urbano. Cuando yo era estudiante en Sevilla se construyó la sede del Colegio Oficial de Arquitectos, un edificio de diseño moderno y arriesgado. A los arquitectos y estudiantes nos entusiasmaba, pero para buena parte de la ciudadanía era una afrenta a la tradición. Durante años su fachada fue objeto de frecuentes ataques con pintura.

Quince años después, ese rechazo se había diluido. Estoy seguro de que hoy muchos sevillanos ya no conciben ese rincón de la ciudad sin ese edificio, más aún desde la construcción de las “setas” de la Encarnación, una intervención radicalmente contemporánea que se ha convertido en un símbolo y un atractivo turístico del que la ciudad se siente orgullosa.

Podría citar muchos ejemplos, pero basten dos. La imagen de la catedral de Salamanca junto al puente romano es hoy una postal idílica; no cuesta mucho imaginar el impacto que debió de causar aquella inmensa masa de piedra en una ciudad de casas bajas. Y qué decir del acueducto de Segovia, una obra de ingeniería que transformó por completo el paisaje urbano para cumplir una función tan prosaica como transportar agua.


La audacia de la escala: una masa de piedra que en su día transformó radicalmente el horizonte salmantino.

¿Asumiríamos hoy día sin polémica una intervención urbana de este calibre?

Dejaré para otra entrada, una reflexión más profunda sobre un pequeño matiz que aquí solo pretendo enunciar: los molinos manchegos son reconocibles como parte de la identidad española porque son únicos en su forma, en su apariencia; los aerogeneradores, por el contrario, son universales, en todas partes son iguales. Sigue sirviendo la analogía con la arquitectura urbana; el denominado estilo internacional en arquitectura propiciado por la globalización, ha hecho que, fuera de sus cascos históricos, todas las ciudades sean iguales. Es una pérdida de identidad que, quizá por ser reciente, por haber vivido en presente su consolidación, todos lamentamos, pero que no tiene solución salvo, claro está, una regresión hacia el aislacionismo, cosa que ninguno deseamos.

Puede que dicho fenómeno tenga cierta influencia en que sea más difícil aceptar el nuevo paisaje.

Conclusión

La vida es cambio. Todo lo que está vivo se transforma, y ese cambio suele doler porque afecta a nuestra memoria y nos obliga a revisar nuestras ideas. Aquello que recibimos como herencia, en cambio, lo aceptamos sin conflicto, aunque en su momento fuera una ruptura tan radical como las que hoy nos inquietan. Diría que nuestra mente funciona de manera que establece como punto cero, como origen, eses paisaje heredado incluyendo las transformaciones a que se ha visto sometido. Es sobre ese paisaje concreto sobre el que construimos nuestros afectos y nuestro sentimiento de pertenencia, de ahí que cualquier cambio que lo altere lo consideremos una pérdida. No nos damos cuenta de que, en realidad, no era más que un estado transitorio en su constante proceso de evolución.

Tal vez no se trate de negar esa sensación de pérdida, sino de reconocerla y atravesarla con serenidad. Con el tiempo, lo que hoy percibimos como una herida en el paisaje puede acabar formando parte de él, del mismo modo que tantas otras transformaciones que ya no sabemos —o no queremos— imaginar de otra manera.

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