CL-517. Adiós a un árbol

No hay muchos árboles en la llanura castellana por la que discurre la carretera que va a mi pueblo: encinas, casi siempre dispersas, algunas solemnes, otras, amputadas por algún rayo, han perdido su rotunda redondez y muestran, deformes, su frondosidad asimétrica en un esfuerzo por sobrevivir que parece titánico.


En algunas fincas, el ganado que pasta ramonea las hojas a su alcance y todas las copas se ven recortadas por abajo al mismo nivel, como si un jardinero las hubiera podado con una precisión milimétrica.


También hay robles de troncos finos que se juntan en grupitos, a veces solo dos, a veces más y, como si ejecutaran algún tipo de danza, acoplan sus copas incompletas para, juntas, dar forma a una única copa perfecta.




La carretera va de E a O -dicen que es una carretera faIangista porque siempre vas cara al sol-. Al atardecer, camino de mi pueblo, voy mirando las siluetas negras recortadas sobre el fuego del cielo. Me gustan sobre todo en invierno, sin hojas, solo las ramas, como corales, casi minerales.

Antes, cuando yo era niño, había algunos tramos que tenían olmos a ambos lados. Mi padre decía en verano que en la sombra de esos tramos se refrescaba el coche, que la aguja de la temperatura bajaba. En cualquier caso refrescaban la vista del monótono paisaje. Los cortaron todos, dijeron que por seguridad. Luego la grafiosis acabó con los supervivientes.

Había un árbol, no sabría decir su variedad, seguramente una variedad común: alto, frondoso, que estaba más separado de la carretera  y se salvó de la tala. Ahí seguía desde entonces, solitario, atípico, señorial entre las chaparras encinas y los enclenques robles del camino. La semana pasada unos operarios lo estaban cortando. Sentí rabia, indignación, impotencia y, sobre todo, tristeza; porque me gustaba y no sabía que me gustaba, porque solo era un árbol al lado de la carretera que me gustaba mirar cuando pasaba y no me había parado a pensar en él más detenidamente hasta ahora, cuando ya no está y porque seguramente, dentro de un tiempo, ni siquiera lo recordaré.


Aún sigue allí, abatido, hecho rodajas por la motosierra. Todavía vive en el Street View de Google. Como póstumo homenaje, me he enterado que era un fresno.

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