viernes, 20 de mayo de 2016

CL-517. Adiós a un árbol

No hay muchos árboles en la llanura castellana por la que discurre la carretera que va a mi pueblo: encinas, casi siempre dispersas, algunas solemnes, otras, amputadas por algún rayo, han perdido su rotunda redondez y muestran, deformes, su frondosidad asimétrica en un esfuerzo por sobrevivir que parece titánico.


En algunas fincas, el ganado que pasta ramonea las hojas a su alcance y todas las copas se ven recortadas por abajo al mismo nivel, como si un jardinero las hubiera podado con una precisión milimétrica.


También hay robles de troncos finos que se juntan en grupitos, a veces solo dos, a veces más y, como si ejecutaran algún tipo de danza, acoplan sus copas incompletas para, juntas, dar forma a una única copa perfecta.




La carretera va de E a O -dicen que es una carretera faIangista porque siempre vas cara al sol-. Al atardecer, camino de mi pueblo, voy mirando las siluetas negras recortadas sobre el fuego del cielo. Me gustan sobre todo en invierno, sin hojas, solo las ramas, como corales, casi minerales.

Antes, cuando yo era niño, había algunos tramos que tenían olmos a ambos lados. Mi padre decía en verano que en la sombra de esos tramos se refrescaba el coche, que la aguja de la temperatura bajaba. En cualquier caso refrescaban la vista del monótono paisaje. Los cortaron todos, dijeron que por seguridad. Luego la grafiosis acabó con los supervivientes.

Había un árbol, no sabría decir su variedad, seguramente una variedad común: alto, frondoso, que estaba más separado de la carretera  y se salvó de la tala. Ahí seguía desde entonces, solitario, atípico, señorial entre las chaparras encinas y los enclenques robles del camino. La semana pasada unos operarios lo estaban cortando. Sentí rabia, indignación, impotencia y, sobre todo, tristeza; porque me gustaba y no sabía que me gustaba, porque solo era un árbol al lado de la carretera que me gustaba mirar cuando pasaba y no me había parado a pensar en él más detenidamente hasta ahora, cuando ya no está y porque seguramente, dentro de un tiempo, ni siquiera lo recordaré.


Aún sigue allí, abatido, hecho rodajas por la motosierra. Todavía vive en el Street View de Google. Como póstumo homenaje, me he enterado que era un fresno.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Marta

...El expresidente de la Generalitat, Jordi Pujol, ha declarado que los 1700 millones de euros que posee en sus cuentas en paraísos fiscales proceden de una herencia familiar...

    —Jajaja ¡Chorizos, ladrones, a la cárcel! ¡Qué cara más dura!

A Marta le gusta escuchar las noticias en la radio y comentarlas en voz alta. Su emisora favorita es la Cadena SER, un medio independiente que dice las cosas como son y no se casa con nadie.

A sus 54 años se siente satisfecha consigo misma: no es una persona ignorante de lo que ocurre a su alrededor, al contrario, tiene una opinión sólida y bien formada sobre la mayoría de los asuntos de actualidad. Le gusta hacer gala de ello entre sus compañeros de trabajo comentando la noticia del día.

Trata de hacer su trabajo lo mejor posible incluso excediéndose en sus obligaciones, pretende así ganarse la aprobación de sus jefes y conseguir más horas.

    —La cosa está muy mala.

Y aunque muchos días sale a las diez de la noche y tiene que estar de nuevo en el trabajo a las ocho de la mañana, suele llegar a las siete y media. No desfallece y trata de mostrarse diligente e incansable: No para. Va corriendo a todas partes.

    —Hay muchos gastos, que las cuotas de la hipoteca llegan todos los meses y hay que pagarlas.
    —¿Y por qué te has metido en hipotecas en lugar de alquilar?
    —Hombre porque entonces nunca vas a tener nada.

A Marta le gusta recoger los folletos de propaganda que encuentra por los buzones y mirar los precios de todo.

    —¡Hala! 500 € una máquina de fotos. La gente está loca. Para sacar una foto.

Cuando pasa en la furgoneta por el barrio del Oeste le llama la atención un grafiti que decora la fachada de un local.

    —Qué dibujo más bonito
    —Este barrio se está convirtiendo en un núcleo de eso que ahora se llama “alternativo”. La gente se mueve, tiene muchas iniciativas. Muchos locales y algunos edificios vacíos o abandonados, incluso otros que están en buen estado y ocupados, han recibido ayudas del Ayuntamiento para ser decorados por grafiteros locales.
    —¿Ah, si?
    —Si. ¿No has venido a darte un paseo por este barrio, Marta?
    —¡Nooo! Yo no tengo tiempo para eso.

Marta tiene una casa en una parcela de una urbanización que han ido construyendo poco a poco entre su marido, su hijo, su yerno y ella misma. Por eso se compraron una furgoneta en lugar de un turismo, para llevar los materiales de construcción a la parcela. Una casa a la que ahora le ha salido una grieta.

    —¿Y cómo es la grieta, Marta?
    —¡Uf! Enorme.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Ideas propias

Dice wallace97 en su comentario a la entrada anterior que hay tanto que leer, que aprender, y es tan poco el tiempo de que disponemos para hacerlo que no puede perderlo con florituras literarias y que por eso busca en sus lecturas estrictamente contenido, cuanto más condensado mejor.

He recordado como propia esa forma de pensar: ese agobio por documentarse, por acumular pensamientos y teorías de los entendidos en la materia, en mi caso la arquitectura, me parecía que era la forma de acceder al conocimiento. Como dice él, no podía exponerme a la novelación ni a la ficción por lo que me parecía que debía renunciar a la literatura, a la que ya entonces tenía afición. Creo recordar que no me duró mucho esa etapa.

Llega un momento en el que uno, al menos a mí me ocurrió, concluye que lo más importante es elaborar sus propias ideas y teorías. Es aquí donde la literatura juega un papel esencial. Durante muchos años Fernando Lázaro Carreter publicó en distintos periódicos unos artículos bajo el título El dardo en la palabra, que posteriormente serían editados en dos libros, en los que denunciaba los malos usos del idioma sobre todo por parte de aquellos para los que éste es su medio de vida: los periodistas. A lo largo de todos ellos repite la idea de que la lengua está íntimamente ligada al pensamiento, como, por ejemplo, en este párrafo:

La lengua debe ser considerada y tratada como instrumento. La comunicación no es su único objetivo, sino también la creación del pensamiento. Son los objetos comunicables los que importan, no los signos: pero sucede que, sin signos, no hay objetos comunicables. Y que, por tanto, la potencialidad del pensamiento es función de la riqueza y complejidad que posea el sistema sígnico, el idioma con que se piensa.

No digo que no se deban leer opiniones ajenas, todo lo contrario, pero no con ánimo acumulativo sino para engarzarlas con nuestras propias ideas y criterios. Para que esta estructura de pensamiento adquiera complejidad y solidez necesitamos la lengua, el idioma. Dado que pensamos con el idioma cuanto más amplio sea nuestro conocimiento de él más elaborados serán nuestros pensamientos y nuestras ideas. Y dónde sino en la buena literatura se puede adquirir ese conocimiento del idioma; bien entendido que la buena literatura no se reduce a la ficción: el ensayo o incluso la crónica periodística son también formas literarias.

Trabucadores y mixtureros, ayunos de la sindéresis precisa para distinguir, en su noche cerebral, murciélagos de pájaros. Sin propósito de enmienda, bullen entre los indignados que protestamos, y los flemáticos que pasan o asienten. Mi cólera particular nada tiene que ver con el purismo, que produce anemia, sino con la alarma de ver cómo se va degradando un sistema complejo de expresión, elaborado siglo a siglo para servir a una cultura superior. Porque una lengua se construye por la acción de dos tensiones: la de quienes, dueños de contenidos mentales más ricos, pugnan por plasmar en ella esa riqueza y por hacerla más capaz de establecer diferencias y matices, y la de quienes sólo precisan recursos elementales, por inculpable falta de necesidad, o por ignorancia culpable.

Pero seguramente esta argumentación, elaborada a posteriori, no fue la razón que entonces encontré para abandonar la exclusividad de las lecturas “técnicas” y recuperar la literatura. Sí recuerdo, sin embargo, que por aquella época leí Castilla de Azorín que llegué a catalogar como libro de arquitectura. No, desde luego, como un libro de arquitectura al uso, sino porque en él se expresaba la forma de sentir la arquitectura, la naturaleza de las sensaciones que es capaz de provocar. Valga como ejemplo de ello este párrafo:


La catedral es fina, frágil y sensitiva. La dañan los vendavales, las sequedades ardorosas, las lluvias, las nieves. Las piedras areniscas van deshaciéndose poco a poco; los recios pilares se van desviando; las goteras aran en los muros huellas hondas y comen la argamasa que une los sillares. La catedral es una y varia a través de los siglos; aparece distinta en las diversas horas del día; se nos muestra con distintos aspectos en las varias estaciones. En los días de espesas nevadas, los nítidos copos cubren los pináculos, arbotantes, gárgolas, cresterías, florones; se levanta la catedral entonces, blanca sobre la ciudad blanca. En los días de lluvia, cuando las canales de las casas hacen un ruido continuado en las callejas, vemos vagamente la catedral a través de una cortina de agua. En las noches de luna, desde las lejanas lomas que rodean la ciudad, divisamos la torre de la catedral destacándose en el cielo diáfano y claro. Muchos días del verano, en las horas abrasadoras del mediodía, hemos venido con un libro a los claustros silenciosos que rodean el patio: el patio con su ciprés y sus rosales.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Reivindicación de la forma en literatura.

Existen en literatura el fondo y la forma. El fondo es el asunto, el argumento, el contenido del texto, incluso el universo personal que crea el escritor, los personajes… Todo eso constituye el fondo mientras que la forma es el lenguaje empleado para expresarlo.

Para mí la forma es esencial en la seducción que siento por la literatura: la manera en que se construyen las frases, la elección de los adjetivos, las palabras y la musicalidad del texto que con ello se consigue es parte de la creación literaria y revierte en que la lectura sea fluida y gratificante. El placer de leer un texto no sólo proviene de la asimilación del contenido, si es un ensayo, o del desenmarañado de la trama si es una novela. Para mí el placer está también en el proceso mismo de leer y en la forma en que las ideas expuestas en el texto pasan de la página al cerebro. Y eso es función del lenguaje.

Decía Josep Pla:

“El escritor ha de decidir. Es decir: ha de tirar. Es la célebre frase de Stendhal a Mérimée: escribir es tirar. El escritor tira con adjetivos. Tirar bien, adivinar el golpe justo, equivale a encontrar el adjetivo preciso. Para muchos y muchos escritores el hecho de escribir consiste en apuntar. No tiran nunca. Por eso hay miles y miles de libros que no valen nada. Es decir, que no son más que una mera ilusión infantil, una simple prospectiva. El autor apunta, pero no tira. Las páginas aparecen llenas de letras, surge el libro. Pero no es un libro. Es la ilusión del espíritu de un libro. El autor ha apuntado. No se ha decidido a tirar. Escribir solo apuntando crea una prosa o una poesía informe, difusa, confusa, un mero sonido verbal. Si se tira se crean formas precisas. Lo único que dura es la forma, dada por el adjetivo preciso. El adjetivo puede ser ordinario, pesado, duro, intenso. No importa”.


Tengo la impresión, sin embargo, de que fuera del ámbito de los profesionales de la literatura, es decir en el de los meros aficionados a la lectura, no se presta la suficiente atención a la forma y que es el fondo el que acapara todo el interés. Llego a esta conclusión porque observo que se leen muchos más libros de autores en lengua extranjera que de aquellos que escriben originalmente en español. Para mí lo ideal es leer a cada autor en su lengua original. Creo que en la traducción se pierde la forma original, o, en cualquier caso, ésta queda a merced del traductor que necesariamente la altera y, para mí, esto supone una gran pérdida.

Por eso, como no domino con la solvencia suficiente ningún idioma para leer literatura en su idioma original, casi exclusivamente leo autores que escriben en español. Afortunadamente nuestro idioma lo hablan cientos de millones de personas en el mundo y contamos con una abundante literatura en español. No me quiero ni imaginar la frustración que me provocarían estas exigencias lectoras si mi idioma materno fuera, pongamos por caso, el esloveno.

Y ahora un texto de Fernando Lázaro Carreter que, además de un fondo estimable tiene una maravillosa forma:

¿Osaré confesar que aborrezco las corridas de toros, ahora que su defensa alcanza rango numantino frente a una insoportable injerencia europea? Aun a riesgo de sufrir condena, las aborrezco. Aprecio, cómo no, algunos relámpagos de belleza que ofrecen, pero me aburre mortalmente el resto. Y me estremecen, a menudo, como escenario de pasiones. Tal vez arranca mi aversión de una tarde de feria en Huesca, el año 1947, con Manolete en el cartel. El sol de agosto aplomaba la pequeña plaza, pero, lejos de hundirla, excitaba la avidez del público, ansioso de comprobar la proclamada decadencia del diestro; andaba agobiado, se decía, por el empuje de un lidiador más joven y poderoso. Aquel ídolo era rico en hacienda y gloria; estaba ya maduro para ser derrocado. Se le amaba con ese odio que profesa el plebeyo cansado de ver triunfar.
A ver qué hacía. Seguro que iba a reservarse para plazas de más tronío; allí iría sólo para arramblar con media taquilla. Eterna escama de los menores. Salió su primer toro; transcurrió soso el ceremonial que precede a la muleta. Manolete, con ésta armada por la espadita de madera, se dispuso a la faena. Iba apagándose el bullicio, mientras el diestro, con paso tardo y firme, se dirigía a la fiera; ante ella se paró y, muy cerca como solía, la instó al primer pase. Cesó por completo el zumbido de los comentarios, en espera del prodigio o del fiasco. Y, en aquel instante de silencio casi cartujo, suspendidas las respiraciones —«todo, la suerte o la muerte / pende de un hilo sutil»—, un desalmado, el miserable de todas las multitudes, lanzó al torero, mucho más hiriente que una piedra, la injuria que había incubado en su corazón: «¡Hijo de p…!». Cayó sobre el redondel como un trozo de firmamento que se hubiera desprendido; algunos alzamos una protesta civilizada y, por tanto, sin clamor. Manolete recibió el insulto como un rejón, encegueció, se metió entre las astas con muletazos ebrios, dramáticos, porque no era ágil su contextura ni hecha para el desabrimiento. Estaba claro que no le hubiera importado morir; tal vez, que no le importaba morir. El público enloqueció de entusiasmo. Dieciocho días después, el gran matador se topaba con Islero en Linares.
He vuelto poco, desde entonces, y siempre por compromiso, menos ahora. Estando en Sevilla, ¿quién que no la conozca se resiste a la Maestranza? Y, ese día, con Curro Romero y Espartaco. Lo asombroso de Sevilla es cómo sobrevive a los tópicos. Ha podido perecer un millón de veces, a golpes de rocíos, santas semanas, trianerías y macarenas. Pero ocurre que, al palparlo, cuando se espera tocar cartón, todo eso late, vive y es real y verdadero. Así, la Maestranza en tarde de toros, con el graderío henchido bajo los altos arcos. En ningún lugar puede admirarse mejor que allí la perfección del círculo. Digna es de ella la racional corona de la arquería.
Se arrancó el joven Espartaco a aguardar al burel arrodillado ante el chiquero; el centro del ruedo se desplazó con él, levantando remolinos de expectación. Y en aquel punto lo atropello aquel enorme y negro viento, medio apuñalándolo y pateándolo. Se levantó aturdido y rabioso, sangrando con una brecha en el parietal. Un reguero rojo entintaba insidiosamente el oro del terno. El bicho, en tanto, se había ido loco hacia un burladero; chocó con estrépito, y un cuerno, desde la cepa, se le desprendió al albero. También su sangre, a borbotones, manchaba el oro de la arena. Al instante, ya estaban reunidos torero y toro, alucinados de dolor, manando sangre de las cabezas, con el capote por medio. Debieron de seguir lances emocionantes; yo, harto tuve con sosegar el estómago.

Pero antes había ocurrido lo bufo, tan cercano siempre de lo patético: Curro Romero, de quien Sevilla aguarda cada tarde el milagro. Ese que algunas veces hizo, sacando del trapo verónicas portentosas y naturales augustos. Su decadencia es clamorosa ahora, y los devotos acuden a sus citas con fe macilenta. Cumplido el trámite de picas y banderillas dio muestra inmediata de que aquel no era negocio suyo. Alargó cuanto pudo el brazo —telescópico lo hubiera querido—, y envió con la punta de la muleta un remoto mensaje al toro, mientras encogía el cuerpo y echaba hacia atrás la grupa poniendo la oronda seda a punto de reventón. Entonces, visible en aquellos segundos la desgana de Curro, un caballero a mi lado le espetó con voz extrañamente afectuosa: «¡Así se torea! ¡Echao p’alante!». Ya no me interesó el resto de la faena, caricatura del toreo, el cual, como el amor, requiere años gallardos y menos seguridades. De toda la corrida, sólo me valió la pena aquel «echao p’alante» del vecino, tan oportuno, tan justo en la ocasión, prodigio de lenguaje ceñido a la circunstancia: empujón benemérito a la carcajada. (¡Tan distinto de aquel horror de la plaza de Huesca!).

lunes, 1 de septiembre de 2014

LA MUERTE DEL URBANISMO

Este artículo no pretende ser académico, es decir plagado de citas y ejemplos que refuten lo afirmado; sino una simple reflexión personal sobre la realidad que observo y las consecuencias que preveo.

Hay una máxima, teoría filosófica o como queramos llamarlo, según la cual sólo cuenta el presente pues ni el pasado ni el futuro existen realmente.

Hubo un tiempo en que a mí me pareció interesante adoptar esta máxima como criterio de vida, si es que uno tiene capacidad para tales elecciones o es más bien que ya es así y trata de justificarse convenciéndose de que es la mejor forma de ser. La argumentación en que basaba mi adhesión a este principio es bastante obvia y no es otra que tanto a los que viven rememorando el pasado como a los que lo hacen planificando el futuro, entendía yo, se les pasa la vida presente sin darse cuenta, en definitiva, no viven.

Sin embargo, y constatando una vez más que no hay recetas aplicables al modo de vida, si hablamos de urbanismo esta proposición se viene abajo inmediatamente.

El urbanismo es una actividad, no me atrevo a llamarlo ciencia, multidisciplinar que se ocupa del estudio de lo urbano; en primera instancia la ciudad y, por extensión, de todo el territorio. Estos estudios tienen como objetivo el planeamiento, que se materializa en el Plan. El Plan es el diseño previo de la ciudad y supuestamente obedece al interés y mejor calidad de vida de los ciudadanos, lo cual, como podrá apreciarse a continuación, es una afirmación bastante vaga.

Es fácil entender que la construcción de una ciudad, tanto si de lo que se trata es de ocupar nuevos terrenos como de reestructurar los existentes, es un objetivo a largo plazo. Las operaciones legales necesarias para que finalmente tome cuerpo la ciudad prevista en el Plan, además de ser complejas, normalmente requieren del transcurso de plazos más o menos largos. De ahí que la ciudad plasmada en el papel del Plan es siempre un ideal de la ciudad del futuro hacia el que la del presente se orienta. Se trabaja, por lo tanto, al elaborar el Plan, con proyecciones al futuro de los usos y necesidades de los ciudadanos y de la propia ciudad: Partiendo de la evolución histórica de la ciudad y establecidos los objetivos a lograr, el Plan constituye una etapa de esa evolución; de ahí que los dos primeros documentos de plan, de capital importancia pues es sobre ellos que se sustenta todo lo posterior, sean Evolución histórica y Fines y objetivos.

Vivimos tiempos de desestructuración de lo existente, de cambios de valores y en los que por encima de todo prima el culto a lo inmediato. Parece que todos, individuos, instituciones y empresas, la sociedad al completo, hubiéramos adoptado como criterio de existencia la máxima antedicha y claro, en esas condiciones ni el urbanismo ni el planeamiento pueden existir, al menos de forma natural, si desnaturalizado, pervertido, que es la cualidad que, en muchos casos, caracteriza al planeamiento que hoy se está produciendo. El concepto de planeamiento sin una idea de futuro hacia la que proyectarse queda vacío.

¿Cómo se elimina esta idea de futuro del planeamiento? ¿En qué se traduce ese culto a lo inmediato que caracteriza estos tiempos actuales? El planeamiento no está en manos de los técnicos, sesudos estudiosos de lo urbano que elaboran teorías sobre la ciudad y que, legalmente, son los competentes para elaborar el Plan sino en las de las administraciones, principalmente locales. Éstas están hoy teñidas de un fuerte componente político y la política tiene como casi único objetivo el voto. Cabe argumentar, no sin razón, que esto es la democracia, la mejor forma de que las administraciones atiendan a los intereses de los ciudadanos; pero, por un lado, es discutible que los intereses de los ciudadanos de hoy no ya coincidan sino que sean compatibles con los de los ciudadanos del futuro, en mayor medida si dichos intereses sólo contemplan el futuro inmediato y por otro siempre hemos sabido que la democracia no forja verdades y que la opinión de la mayoría no tiene por qué ser la mejor.

Puede, y de hecho así es en numerosas ocasiones, sobre todo en el ámbito rural, que los intereses de los ciudadanos sea construir sus viviendas en parcelas aisladas, alejadas del entorno urbano existente, o que, cuestión de gustos, cada vecino quiera construir su casa atendiendo a criterios estéticos propios. Si la corporación local por lo único que está interesada es por tener contentos a sus votantes, elaborará o mejor, encargará elaborar un Plan de ordenación que se ajuste a estas preferencias. Poco le importa que, al construir en nuevas parcelas fuera del núcleo urbano, éste, abandonado, se desintegre acosado por la más absoluta ruina. Poco que los habitantes del pueblo hagan su vida en la parcela sin apenas relacionarse con el resto de vecinos y, en consecuencia, la del pueblo en sí decaiga. Poco que el paisaje urbano se deteriore y constituya un muestrario de los gustos, por lo general horribles, de sus habitantes. Nada mientras las arcas municipales sigan ingresando impuestos y las urnas votos.

Ésta es la perversión del urbanismo. Se pensó que era importante que todo núcleo urbano contara con alguna figura de planificación urbana. Pero ¿de qué sirve esto si los objetivos del planeamiento son exigidos a satisfacer los intereses inmediatos? De qué sirven las múltiples disciplinas que integran el urbanismo: sociólogos, geógrafos, geólogos, ingenieros, arquitectos… si el resultado, el Plan, debe plegarse a intereses tan simples, mejor dicho, tan mediocres.

El resultado es que el planeamiento no es más que un instrumento a la medida del político de turno. Y habría que destacar este “de turno” pues los cargos políticos no lo son en posesión; pero el que venga detrás que se busque la vida. Y claro, para este viaje no hacen falta alforjas: para elaborar este planeamiento no es necesario el urbanismo.


Cabría discutir sobre quién debe recaer la culpa, si sobre los administradores que, tal vez ignorantes de las consecuencias, lo consienten o sobre la propia sociedad que, despreciando el futuro, exige este modo de actuar a sus gobernantes.

jueves, 6 de febrero de 2014

SUB JUDICE

Sin duda alguna a día de hoy el timón del país está en manos de la Justicia. Asistimos a diario a la instrucción de sumarios que imputan a personajes pertenecientes a prácticamente todas las instituciones públicas y privadas del estado: políticos, banqueros, empresarios, jueces y hasta la propia Casa Real aparecen incursos en causas sub judice.
Por otro lado es de sobra conocido el clima que se respira en la calle, se habla de los síntomas de recuperación económica pero no se percibe que se haya hecho nada por sanear la estructura social que nos llevó de cabeza a la crisis, por lo que la sensación predominante es el escepticismo. Nadie se cree lo de la salida de la crisis y si se lo cree piensa que nada ha cambiado y que no tardaremos mucho en encontrarnos de nuevo en la misma situación, en definitiva, falta ilusión.
Parece, o al menos eso nos hacen ver, que las acusaciones incorporadas a los sumarios son sólidas, que hay pruebas más que suficientes para la acusación.
Es de esperar que finalicen pronto las instrucciones y que comiencen las vistas, incluso ya parecen estar tardando demasiado, aunque hay que reconocer que los delitos han sido muchos si han de estar en proporción con el desaguisado perpetrado.
Del resultado de todos esos juicios depende el futuro inmediato del país: yo no creo que la gente se indigne, más de lo que está, si al final la mayoría resultan absueltos, tal es el grado de desánimo que creo percibir; lo que si creo es que si la Justicia, por así decirlo, les da su merecido, los retira de la circulación, se generaría una sensación muy positiva: la de que, a fin de cuentas, el que la hace la paga y que no existe la impunidad que hoy casi todo el mundo da por descontada y eso supondría un soplo de aire fresco que quizás generara esa ilusión por el futuro de la que hoy adolecemos y que tanto necesitamos.
Habrá que confiar en que la Justicia se haya mantenido inmune a la corrupción que tan profundamente ha afectado a este país y lo salve ahora que estamos en sus manos.

Si así fuera tendríamos sobradas razones para sentirnos orgullosos de Ella.

martes, 21 de enero de 2014

PROPIEDAD PRIVADA

Imagino que, sobre poco más o menos, la cosa debió ocurrir así:

Nuestros antepasados vivirían aún en las cavernas y cada uno tenía que buscarse su alimento cazando. Había algunos a los que la caza no se le daba muy bien y no eran capaces de atrapar ni un conejo para llevárselo a los dientes; pero que, en cambio, tenían otras habilidades. Uno de ellos, usando piedras y ramas era capaz de construir refugios muy apañados, bien soleados y con buenas vistas había otro que tenía mano con las plantas y sabía cómo hacer para cultivar tomates, patatas, judías verdes...

Así es que estos habilidosos consiguieron ser eximidos de ir de caza ya que los buenos cazadores les proporcionaban piezas a cambio de su producción. Todos contentos.

El problema es que la ley del más fuerte propiciaba la abundancia de abusones; es decir, aquellos que, si les gustaba la casita, desalojaban al inquilino por las buenas y se instalaban en ella, o se acercaban al huerto y se servían ellos mismos y claro, en esas condiciones ni el constructor ni el agricultor ni nadie estaban por la labor de hacer el tonto.

El caso es que estas aportaciones beneficiaban a la comunidad. Si vivían en casas construidas por ellos mismos no tenían que limitarse a vivir en cuevas naturales sino que podían elegir el lugar donde vivir y si disponían de vegetales, podían comerse el asado con guarnición o patatas fritas que parece que entraba mejor. Por lo que la comunidad decidió tomar cartas en el asunto.

Sin duda debieron ser necesarias muchas y largas reuniones hasta que consiguieran concretar lo que sin duda fue la primera concepción de Propiedad Privada, teniendo en cuenta que, asociada a ella, debía existir una fuerza pública que la defendiera haciéndole frente a los abusones. No obstante la idea tuvo bastante éxito, tanto que incluso llegó a asociarse a ella el criterio de que la Propiedad Privada era sagrada: en el Derecho Romano, el Derecho de Propiedad incluía el derecho al uso y al abuso de la misma, criterio que, para algunos sigue vigente hoy día.

Y sin embargo no es así. La Ley del Suelo española del año 1956 fue pionera en su tiempo al incluir el concepto de límites al Derecho de Propiedad. Tal concepto consistía en entender que el único valor intrínseco que poseía un terreno era el equivalente a su valor agrícola, es decir, el que era susceptible de obtenerse mediante su explotación agraria. El valor urbanístico se lo proporcionaba la comunidad al calificarlo como urbano y otorgarle unas expectativas mediante el planeamiento y, por lo tanto, el uso que el propietario podía hacer de su propiedad sería el que el planeamiento determinase, acabando así con la concepción Romana.


A donde quiero llegar con todo esto es a que la Propiedad Privada no es sagrada, como muchos creen, la propiedad Privada la creó la comunidad porque era útil para su evolución y desarrollo, pero cuando, a día de hoy, hemos llegado al punto en que 85 ricos suman tanto dinero como 3750 millones de pobres en el mundo quizás haya llegado el momento en que la comunidad vuelva a estudiar el tema y aunque sea tan costoso como aquella primera vez, seguro que sería capaz, como entonces, de redefinir el concepto de Propiedad Privada. Es necesario.