MENTALIDAD SINDE

1. Vaya por delante que utilizo los programas de intercambio de archivos para descargarme música, películas y libros. No gratis, porque tengo una conexión a internet por la que pago más de lo que antes de que existiera internet me gastaba en todas esas cosas. Quiero decir con esto que, probablemente, mi opinión no sea objetiva. Diré en mi defensa que tampoco son objetivas las opiniones de los denominados “creadores” y, sin embargo, éstos las emiten sin ningún pudor y son recogidas ampliamente por todos los medios de comunicación. Además, siento un aprecio personal por la objetividad, así es que intentaré ser objetivo.

2. Aunque esto vaya en contra de mi proclamada objetividad reconozco que tengo una especial animadversión a los superventas, por lo que la música, películas y libros que me descargo en ningún caso son las últimas novedades. Consideremos el caso concreto de las películas, si bien esta reflexión podría adaptarse fácilmente a discos y libros, no sé por qué nadie ha argumentado hasta ahora, en relación con este tema, la dificultad que existe para ver en el cine una determinada película: la oferta en cartelera es muy limitada y generalmente está copada por bodrios comerciales que no son de mi interés. Si hay alguna película de estreno que me interesa, tengo que estar muy atento a la cartelera para ir uno de los escasos días que la pasan, si es que llegan a pasarla. No digamos si me apetece ver una que no sea de estreno, es imposible. Muchas veces me ocurre, en tardes de fines de semana, que pienso que me apetecería ir al cine y entonces miro la cartelera. Si vives en una gran ciudad, la cartelera se reduce a una sala, tal vez dos en las que no ponen exclusivamente cintas comerciales intragables, por lo que, generalmente, al final no encuentro nada que me interese y decido no ir. Ni que decir tiene lo que ocurriría si viviera en una ciudad de tamaño medio o en un pueblo en los que ni siquiera hay cine, la oferta de cine para estas personas es nula, ¿qué pasa, que ellos no cuentan? Se nos vende que con el actual desarrollo de las comunicaciones se puede vivir en el medio rural y estar perfectamente conectado al mundo, y esto como estrategia para detener el sangrado de población que, desde hace años, viene sufriendo el campo; sin embargo es obvio que a la hora de tomar decisiones, de legislar, las administraciones competentes se olvidan una y otra vez de esta población, con las consecuencias que estamos viendo. Es cierto que internet permite estar conectado con el mundo desde cualquier punto y que eso abre una vía a la recuperación de la vida rural, pero es necesario tener en cuenta esa cualidad al legislar para regularlo.


3. Cine, literatura y música son artes que desde hace tiempo permanecen gestionadas por el capital. Las empresas editoras son las que se encargan de producir las obras que a ellas le interesan, ellas deciden lo que sale a la luz y lo que no. Nadie puede discutir que el interés de una empresa es ganar dinero y que eso, en una sociedad capitalista como es esta en la que vivimos, es algo perfectamente lícito; pero tampoco que este interés no siempre coincide con el interés general. Las corrientes más liberales del sistema capitalista en el que vivimos abogan por dejar absolutamente todo en manos del interés comercial, del mercado, aunque, al menos en Europa, tenemos claro que hay servicios que no pueden gestionarse únicamente con criterios de rentabilidad y que la comunidad, a través del estado o la administración competente, han de asumir el déficit que generan en interés de los ciudadanos.

No son pocas las voces que interpretan la actual crisis que padecemos como un síntoma del agotamiento del sistema capitalista. La Ley Sinde y las que tratan de regular el tráfico por internet, dejan muy a las claras que lo que defienden es el funcionamiento actual de las industrias vinculadas a esas artes y es demasiado obvio el desprecio por el interés general que en ellas se contiene.

Y yo me pregunto ¿No habrá llegado el momento de analizar las consecuencias de que esas artes hayan permanecido tanto tiempo acaparadas por la industria? Si la calidad que se ha alcanzado en esas artes y el desarrollo cultural de la sociedad ha sido el ideal. Observemos lo que antes he denominado superventas, que son los que acumulan grandes inversiones en promoción. ¿Acaso son esas películas, discos y libros los de mayor calidad o éstos solo son apreciados por minorías obligadas constantemente a separar el grano de la paja, a refugiarse del bombardeo de basura comercial y a esforzarse por tener acceso a aquello que realmente tiene valor, aquello que te hace mejor? ¿Acaso la situación ideal es la creación de masas embrutecidas a las que se manipula para que consuman lo que es rentable para las empresas aunque esto suponga ahondar en su embrutecimiento? ¿No habrá llegado el momento de rescatar parte de esa cultura y gestionar mejor la calidad? Mejor aún ¿No deberíamos sentirnos obligados a aprovechar la oportunidad que las nuevas tecnologías nos ofrecen para ello?

El desarrollo de la tecnología y las comunicaciones en los últimos años ha alterado radicalmente los sistemas de producción de esas artes y nos ofrecen ahora la posibilidad, yo diría que la necesidad y, por lo tanto, la obligación por parte de los poderes públicos de adoptar nuevos planteamientos que redunden en beneficio de todos, entendiendo por beneficio el incremento del nivel cultural.

No es este el espíritu que alimenta las leyes antidescargas y no va a ser fácil que lo sea; mucho han de cambiar las cosas para que desaparezcan las cegatas mentalidades Sinde, empecinadas en que todo siga como está y una nueva mentalidad atenta al futuro y a las ventajas que traen los cambios alcance algo de relevancia. Hace tiempo que el poder está en manos del capital y que los poderes públicos no hacen más que plegarse a sus intereses. Aunque no seamos conscientes de ello o prefiramos pensar que la opinión pública, nuestra opinión, es la que rige nuestro destino, hay muchos ejemplos en los que es patente la forma en que el dinero, el interés de unos pocos condiciona las decisiones, quizás el más evidente y a la vez trágico, pues muestra hasta qué punto se ha llegado, sean esas guerras que sólo responden a intereses económicos (venta de armas, precio del petróleo) y cómo para emprenderlas se utilizan argumentos justificadores apoyados en términos tan “vendibles” como libertad, derechos humanos, seguridad, etc.

Por cierto; en el anterior post hablaba sobre la pérdida de un maestro. Hay que ver la cantidad de ellos que se me están yendo por el desagüe con el tema este de las descargas. En fin… ¡renovarse o morir!

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